Para la mayoría de los mortales, la madre es aquella que da la vida, razón por la cual debemos estar más que agradecidos. Pero, qué pasa con alguien como yo, para quien la vida, su propia vida no es del todo valiosa y es, más que un don, un látigo para autoflagelarse y ser flagelado.
Dejemos algunos puntos en claro:
- La madre no nos da la vida. Para lograr el
milagro de la vida se requiere a dos personas que indispensablemente sean de sexo opuesto una respecto a la otra.
- Nuestros padres no son generosos al darnos la vida. A veces ni siquiera son conscientes de ello y todo obedece a las calenturas del momento.
- La concepción es un acto egoísta. ¿Fuiste consultado? No. Al momento de concebir los padres piensan en “formar una familia”, “realizarse como personas”, “consolidar el matrimonio”, (nuevamente) las calenturas del momento, etc.
- Los padres conciben porque quieren al hijo. Ellos ni siquiera te conocían antes de que nazcas. No te pueden querer. Que te quieran de buenas a primeras porque eres sangre de su sangre es chauvinismo. Yo odiaría a mi hijo si este fuera un tarado (quizá si no lo fuera, también).
- Los padres no son dueños de la vida. Esta es una función biológica. Habría que agradecerle, en todo caso, a la naturaleza o a dios, dependiendo de las cosas en las que creamos.
Mi madre no solo tuvo la desdicha de juntarse con mi padre ni el poco tino de no abortarme a tiempo. También fue, en parte, culpable de que en este momento siga vivo (esto no es una ironía). Por ende, responsable de mi infelicidad. Les explico. Una vez que había consumido todo lo que debía matarme, ella llegó más temprano de lo debido y en un acto de poca tolerancia y nulo respeto a las decisiones ajenas me salvó la vida, luego de lo cual fui encerrado, como ya he descrito antes.
No recuerdo, por ejemplo, haber experimentado algo parecido al complejo de Edipo. Desde niño mi apego era mayor hacia otros parientes que hacia mi madre. Ella se mostró siempre como un ser duro antes que cariñoso. Recuerdo haberla necesitado muchas veces y que ella no esté.
Pero no hay que ser mezquinos. Mamá, no te odio. No tendría por qué. Pese a todo, como suelen ser las madres, me has querido como se suele querer a los hijos. Es imposible no querer a alguien que conoces desde tanto tiempo y verlo crecer y a la vez, sabes que cualquier resultado bueno o malo es responsabilidad tuya. Y si el balance es positivo (fuera de los problemas neuronales), sabes que no lo hiciste tan mal y tienes razones para sentirte satisfecha. Después de todo, el egoísmo es parte de la naturaleza humana.