sábado, septiembre 09, 2006

Nueva medicacion.

No he muerto. los días han transcurrido con pasmosa normalidad. Algo de desesperado, desesperanzado, aburrido, monótono. Hoy mi psiquiatra me ha cambiado de medicina. Dice que estoy estancado. Llegué al techo con las medicinas actuales. yo siento como si tambièn hubiera tocado techo. Tocado fondo. No sé. Nada me anima. Nada me da ganas de nada. cualquier pequeño éxito es solo momentáneo.

jueves, julio 06, 2006

El padre

Quizá quien tenga más culpa de todo sea él. Para entonces, él ya era algo mayor. Calle no le faltaba y debía saber lo que tenía que hacer para seguir su vida sin mayores complicaciones. Sin embargo, terminó embarazando a mi madre, razón por la cual heme aquí.
Por él quizá mi proceso de socialización no fue lo suficientemente adecuado. Nunca me dijo que los hombres no lloran. Cómo me hubiera servido un desahueve temprano. Tampoco era de quienes salía a jugar pelota con el niño. Nunca me dijo que cuando salía con una chica debía recogerla y dejarla en su casa. Tampoco me dijo que ellas no son tan inocentes como se pintan y nunca dicen lo que quieren. No me enseñó a pelear ni me empujó a ser más rudo. Pocas veces hemos hablado en serio, razón por la cual en  la actualidad me es imposible encararlo a él como me es imposible encarar mis miedos. Si mi madre me arrancó de los brazos de la muerte a la que gustoso me entregaba, el me entregó a los médicos. Nunca antes supo darme ese consejo oportuno, esa figura de género. ¿Acaso alguna vez supo que me dijeron que no? ¿Me dijo cómo podía ser tomado en serio?    

jueves, junio 29, 2006

La madre

Para la mayoría de los mortales, la madre es aquella que da la vida, razón por la cual debemos estar más que agradecidos. Pero, qué pasa con alguien como yo, para quien la vida, su propia vida no es del todo valiosa y es, más que un don, un látigo para autoflagelarse y ser flagelado.
Dejemos algunos puntos en claro:
- La madre no nos da la vida. Para lograr el milagro de la vida se requiere a dos personas que indispensablemente sean de sexo opuesto una respecto a la otra.
- Nuestros padres no son generosos al darnos la vida. A veces ni siquiera son conscientes de ello y todo obedece a las calenturas del momento.
- La concepción es un acto egoísta. ¿Fuiste consultado? No. Al momento de concebir los padres piensan en “formar una familia”, “realizarse como personas”, “consolidar el matrimonio”, (nuevamente) las calenturas del momento, etc.
- Los padres conciben porque quieren al hijo. Ellos ni siquiera te conocían antes de que nazcas. No te pueden querer. Que te quieran de buenas a primeras porque eres sangre de su sangre es chauvinismo. Yo odiaría a mi hijo si este fuera un tarado (quizá si no lo fuera, también).
- Los padres no son dueños de la vida. Esta es una función biológica. Habría que agradecerle, en todo caso, a la naturaleza o a dios, dependiendo de las cosas en las que creamos.

Mi madre no solo tuvo la desdicha de juntarse con mi padre ni el poco tino de no abortarme a tiempo. También fue, en parte, culpable de que en este momento siga vivo (esto no es una ironía). Por ende, responsable de mi infelicidad. Les explico. Una vez que había consumido todo lo que debía matarme, ella llegó más temprano de lo debido y en un acto de poca tolerancia y nulo respeto a las decisiones ajenas me salvó la vida, luego de lo cual fui encerrado, como ya he descrito antes.

No recuerdo, por ejemplo, haber experimentado algo parecido al complejo de Edipo. Desde niño mi apego era mayor hacia otros parientes que hacia mi madre. Ella se mostró siempre como un ser duro antes que cariñoso. Recuerdo haberla necesitado muchas veces y que ella no esté.

Pero no hay que ser mezquinos. Mamá, no te odio. No tendría por qué. Pese a todo, como suelen ser las madres, me has querido como se suele querer a los hijos. Es imposible no querer a alguien que conoces desde tanto tiempo y verlo crecer y a la vez, sabes que cualquier resultado bueno o malo es responsabilidad tuya. Y si el balance es positivo (fuera de los problemas neuronales), sabes que no lo hiciste tan mal y tienes razones para sentirte satisfecha. Después de todo, el egoísmo es parte de la naturaleza humana.    

sábado, junio 24, 2006

El regreso

Retomar el tratamiento fue toda una decisión. Desde hacía un tiempo comencé a notar que mi ánimo, si bien nunca he sido muy animoso, decaía. No quería preocupar a mis papás por la necesidad de “regresar” a las pastillas ni por el gasto que representaban las consultas con el médico. Sabía que en por mi trabajo podía acudir a un médico que me atendiera gratuitamente, pero no me había animado a ello por temor a que esa información llegue a mi trabajo. Después de todo, Lima es un pañuelo. Una serie de circunstancias terminaron por convencerme de que debía ir. No había otra opción.
Al principio pensaba tenerlo como secreto para no preocupar a mis papás. Pero al ver la receta, tuve que desistir. El único que me podría ayudar era mi papá. Las pastillas que me recetaron eran más caras que las anteriores, pero el hecho de no tener que pagarle al psiquiatra, puesto que me lo provee el seguro de mi trabajo, equilibra más o menos las cosas. El paso de los días me confirmaron que me había equivocado. Lo primero que mi papá hizo fue preocuparme más por el precio del medicamento, como si aquello fuera mi culpa. La reacción tampoco fue favorable por parte de mi madre. Me preguntó por qué lo había hecho si ya me había estado sintiendo bien y que todo, en realidad, eran cosas mías. Entonces me di cuenta de que no me tenía más que a mí mismo.

viernes, junio 09, 2006

Los psicólogos

Mi relación con los psicólogos nunca ha sido muy buena. Si mis conversaciones con mi primer psiquiatra nunca llegaron a buen puerto, con los psicólogos ni siquiera llegué a tener un buen entendimiento. Quizá porque la mayoría era educacionales antes que clínicos. Lamentablemente ninguno tuvo el tino o la ética suficiente como para derivarnos, a mí y mis papás, donde alguien que supiera de qué estaba hablando. Recuerdo haber conversado con uno que me dijo “tus problemas no son graves”. Creo que fue el que me hizo sentir más idiota. A la última la conocí durante una de mis crisis vocacionales que al parecer perdió la paciencia conmigo. Si no me equivoco en la cuenta, debo haber acumulado unos cinco psicólogos. Cada uno más decepcionante que el otro. La frialdad es, por regla general, un rasgo que los define. Creo que por mis reflejos condicionados pavlovianos, no volvería donde uno.

lunes, junio 05, 2006

Mi primer psiquiatra

Acabo de retomar mi tratamiento, pero con un nuevo médico. A mi psiquiatra anterior lo abandoné hace unos meses. Lo conocí cuando llegué a la clínica en la cual estuve internado hace tres años. Durante las semanas de encierro, a diferencia de los otros doctores, iba a verme todos los días. Yo era su único paciente.
Al inició pensó que era gay. Luego que mis problemas eran porque hasta aquel entonces nunca había tenido contacto sexual con mujer alguna. No sé si llegó a entender que mi problema era la soledad y mi poco apego a la idea de estar vivo.
Un día me llevó a sus alumnos. Yo era un caso real. Todos me miraban con los ojos abiertos y grandes. Yo estaba complacido, porque además de depresivo soy megalómano. Me preguntaron qué era lo primero que quería hacer saliendo. Yo respondí que quería caminar, fumar un cigarro y comprarme una chompa roja. Una chica, seguro seguidora de Luscher, me preguntó por qué roja. El médico atajó la pregunta diciendo que pregunten cosas importantes.
Seguí viéndolo después de que firmó mi alta. En realidad no nos llevábamos bien, pero yo me conformaba con que me firme las recetas. Yo no quería convencerlo de mis argumentos, sino más bien de que no me convencían los suyos. Pensé en buscar otro, pero me detenía la idea de tener que contarle toda la historia a una nueva persona.
Desde hace unos meses dejé de verlo. Mi papá me pagaba las consultas y no quería hacerle gastar más. Tampoco quería asustarlo haciéndole saber que me sentía mal. Simplemente no volví.

viernes, junio 02, 2006

El encierro

Cuando desperté fui conducido a una clínica psiquiátrica. Un enfermero empujaba la silla de ruedas en la que me encontraba. Fui a parar al consultorio de un psiquiatra y sucesivamente, fui conducido a un cuarto. Al darme cuenta de que iba a ser encerrado opuse resistencia, pero mi cuerpo estaba debilitado. Un grupo de enfermeros intentaban hacerme cruzar el umbral de la puerta levantándome en peso. Yo me movía y gritaba. Una enfermera preparó una jeringa y me inyectó. Una vez dentro grité, lloré, golpeé la puerta hasta que fui cayendo dormido. Lo último que recuerdo fue que volvieron a abrir la puerta, me recogieron del piso y me amarraron a una cama. No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que desperté. El primer día me prohibieron las visitas. Supe que estaría internado indefinidamente.
Días después me pasaron a un cuarto con un chico que estaba internado por adicción. Estaba en cura de sueño, razón por la cual cuando estaba consciente andaba medio zoombie. La mayoría eran adictos. Los días eran largos e insoportables. Algunos amigos me mandaron música. Pedí a mis papás que me lleven un cuaderno, lapiceros y plumones. A veces dormía y soñaba que estaba en mi cuarto, tal como lo dejé la última vez. Ignoraba que este había sido violentado. Todos los rincones fueron escudriñados y sus paredes desnudadas. Al despertar descubría que mi vida era un desastre. Recordaba por qué había querido morir.